Guárdame el secreto…porque puede ser delito

Este verano he comprendido hasta qué punto pueden llegar los profesionales que carecen de toda ética y humanidad.

No voy a contar nada del caso (es mi obligación legal), solo diré que si llegó a mí fue porque probablemente una persona cometió delito de revelación de secretos en el ejercicio de su profesión. Y el daño que su actuación ha generado ha sido mucho e innecesario.

Aún sigo dándole vueltas, a pesar de los días que han transcurrido. Hay situaciones que me remueven y me animan a seguir reclamando siempre justicia y a devolverle a mis clientes lo que les han quitado: sus derechos.

El delito al que me quiero referir aquí en concreto es el regulado en los artículos 198 y 199 de nuestro Código Penal: El delito de descubrimiento y quebrantamiento de secreto profesional.

delito de revelación de secretos

Un profesional que revele secretos ajenos, de los que tenga conocimiento por razón de su oficio o sus relaciones laborales, puede ser castigado con pena de prisión, multa e inhabilitación. Y si es funcionario público, más, porque además es sancionable por vía administrativa y disciplinaria.

Y no solo cometen un delito, sino que vulneran la Ley Orgánica de Protección de Datos de Carácter Personal.

Y este comportamiento está tipificado así, porque las consecuencias que puede sufrir la persona víctima de alguien que actúa de esta forma, son gravísimas y muchas veces irreparables. Y nuestro legislador lo sabe.

Cuando eliges una profesión cuyo ejercicio requiere tener acceso a la vida más íntima de los ciudadanos, lo primero que debes pensar es si sabes guardar secretos. Dicho mal y pronto, debes plantearte si sabes cerrar el pico.

Porque si no sabes, es mejor que te dediques a otras profesiones, igual de dignas, pero en las que hablar del vecino es casi obligatorio si quieres mantener a la clientela. Hay muchas para elegir.

Lo segundo que debes pensar es si quieres guardar esos secretos, es decir, si estás dispuesto a ello. Porque a veces sabes, pero no quieres, porque quieres recibir algo a cambio.

En cualquiera de los dos supuestos, medítalo bien, porque tarde o temprano, la revelación de secretos acaba pasando factura.

Es sonado (y muy estudiado por los juristas) el caso de aquella sentencia del Tribunal Supremo de 2001, en la que finalmente condenó a una médica que atendió en un Hospital a una mujer a quien conocía de su pueblo.

La profesional supo, al tener que tratarla, que estaba embarazada y que, además, había tenido dos abortos anteriores. Y no tuvo otra ocurrencia que revelárselo a una familiar de la gestante.

Fue condenada a un año de prisión, a una multa e inhabilitación especial para el ejercicio de su profesión por dos años (la pena mínima) y a reparar los daños causados.

Luego están los supuestos en los que los profesionales, -en muchos casos sin ser plenamente conscientes de que están cometiendo un delito-, rebuscan en las historias clínicas de los pacientes. A veces, como digo, con buenas intenciones y otras por motivos de venganza.

Pero es que el acceso indebido de los médicos a la historia clínica de los ciudadanos está completamente a la orden del día.

Hace meses acudí a la Jornada “Seguridad, Confianza y Privacidad para la Salud del Siglo XXI”, organizada por la APEP (Asociación Profesional Española de Privacidad) en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia.

Cuando un alto responsable de la Agencia Española de Protección de Datos y una Profesora Titular de Derecho Penal en la Universidad de Valencia explicaron a los cientos de profesionales presentes qué era el delito de quebrantamiento de secreto profesional y las infracciones por acceder a las historias clínicas en los casos no admitidos legalmente, muchos pusieron literalmente el grito en el cieloDesde médicos que dirigían las prácticas de residentes en los hospitales y accedían a historias clínicas para estudiar casos y enseñarles, hasta profesionales de centros de salud que accedían cuando no debían, sin saberlo.

Se quedaron sin palabras, mirándose unos a otros…era la primera vez que alguien les hacía esa advertencia.

Y yo…me quedé sin palabras al comprobar que, de verdad de la buena, no lo sabían.

Pero el descubrimiento de secretos no solo se comete por profesionales sanitarios. Casos hay para aburrir. Policías, jueces, fiscales, empleados de banca, guardias civiles, psicólogos, abogados…cualquiera puede caer, si no es capaz de callar lo que ve, lo que oye y lo que lee.

SECRETOS MONOS

Que yo sepa, no hay test psicotécnico capaz de indicar si una persona que va a desempeñar una profesión en la que está obligada a cerrar siempre la boca es apta o no para ello. Pero debería existir.

Porque hay derechos humanos en juego, como el derecho a la intimidad, al honor o a la propia imagen y a la dignidad, que una vez que se vulneran, nos dejan desprovistos de algo que pocas veces se puede volver a recuperar.

Cuando un profesional obligado a guardar nuestros secretos, los descubre, nos quita algo de nosotros mismos, algo muy profundo. Quizás sea la coraza que cada uno ha construido para estar a salvo o quizás una parte de nuestro yo más íntimo, pero desde luego, lo que quiera que sea, nos genera un daño moral que debe ser indemnizado.

Es una traición.  Una puñalada rastrera por la espalda que te hace sentir vulnerable hasta un extremo a veces difícil de soportar.

Y, además, permiten que otros personajes ávidos de carnaza y amarillismo, rematen a las víctimas, publicando a los cuatro vientos lo que siempre debió quedar entre cuatro paredes.

A todas estas personas que se equivocaron de profesión y que no son capaces de desempeñarla con la responsabilidad que se les exige, hay que decirles a la cara que no pueden hacerlo. Que deben pagar por ello. Y que, si quieren hablar, adelante, que lo hagan, pero desde el lugar que se merecen… el banquillo de los acusados.

 

SECRETOS SILENCE

 

Lorena Moncholí Badillo

Abogada colegiada nº14084 ICAV

Agente de Salud de Base Comunitaria certificada por Salud Pública de la Conselleria de Sanitat de la Comunidad Valenciana y el EVES.

 

 

 

 

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