El interés superior del menor vuelve a estar de moda

El poder legislativo en nuestro país va como una moto. No os podéis imaginar la cantidad de reformas (proyectadas o aprobadas) que hemos sufrido los abogados este último año. Y lo que nos queda.

Me da pavor comentar una ley en las charlas porque me da la impresión que si me giro, ya la han modificado.

El otro día estaba estudiándome las nuevas leyes que reforman el sistema de protección a la infancia y a la adolescencia actual. Entre las modificaciones introducidas, se da una nueva definición del Interés Superior del Menor y se le intenta dotar de mayor protección.

La definición empieza así:

Todo menor tiene derecho a que su interés superior sea valorado y considerado como primordial en todas las acciones y decisiones que le conciernan, tanto en el ámbito público como privado.

¡Bravo! ¿No crees?

Al leerla no pude evitar recordar varias historias en las que el protagonista fue sin duda el Interés Superior del Menor. Y salió bien parado, aunque tuvimos que ser insistentes.

Os contaré una personal. Como os comenté en otro post, mi punto de inflexión a la hora de tratar con profesionales sanitarios y pedirles siempre que me atiendan a mí y a mi familia como toca, fue el ingreso de mi hijo Rubén en un hospital por una infección de orina, siendo un bebé.

Una vez conseguimos bajarle la fiebre, nos dejaron un buen rato en la Sala de Espera de Urgencias a fin de valorar si eran necesarias más pruebas. Y pasó, más o menos, lo siguiente:

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En definitiva, la buena señora enfermera (y luego la pediatra, y el otro pediatra y casi, casi, el Adjunto, aunque finalmente no fue necesario que acudiera), tras un largo y energético speech (me faltó el micrófono), comprendió palabras y frases que parecía que nunca antes había escuchado:

Patria Potestad, el bienestar de mi hijo por encima de todo, consentimiento informado, tetanelgesia…

(El tema de la tetanelgesia es otra historia que da para escribir, no un post, sino enciclopedias enteras.)

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Fue el fin del 1st Round, 1 – 0 a favor de Rubén y su madre: prueba médica sin traumas ni separación, bebé feliz (aunque enfadado por el pinchazo) e interés superior de mi hijo intacto.

Luego vendrían otros rounds, ya que en planta la cosa se puso entretenida, pero eso ya es más largo. Sólo os pondré lo que escribí en mi Facebook aquella primera noche:

En algunas experiencias vividas en hospitales y centros de salud que me cuentan madres y padres, el denominador común es siempre el mismo: La falta absoluta de respeto por el bienestar emocional del menor.

Quiero aclarar que, evidentemente y como abogada, a mis oídos llegan los problemas, las injusticias y las solicitudes de ayuda.

Cuando un profesional sanitario trabaja y se comporta como toca, soy la primera en reconocerlo y agradecerlo, de palabra y por escrito.

Intentando buscar respuestas, di con un artículo muy bueno de la revista Pediatría Catalana, denominado “Presencia de los padres durante los procedimientos invasivos en los servicios de urgencias pediátricas. ¿Qué sucede en España?”, en el que se estudia la frecuencia de la presencia de los padres cuando sus hijos son tratados en las urgencias pediátricas y los motivos por los que los profesionales restringen o limitan dicha presencia.

La conclusión fue la siguiente:

A pesar de la habitual presencia de los padres durante los PI, la existencia de motivos que restringen su presencia y el bajo grado de acuerdo del personal sanitario en algunas técnicas hacen necesario el desarrollo de programas formativos sobre los beneficios de esta presencia.

Entre los motivos alegados por los profesionales sanitarios, las respuestas son para enmarcar: “Los padres no están preparados, peor rendimiento del personal sanitario, ansiedad de los padres…”

El interés superior del menor brilla por su ausencia en estas contestaciones. Es decir, expulso a los padres porque me molesta su ansiedad, o porque, a mi juicio, no los veo preparados (¿preparados? ¿preparados como padres de nuestro hijo? ¿Perdone?), o porque me entorpece a mi (¡Oh!, dios del universo) a la hora de hacer mi trabajo.

Los padres y el “yo, me, mi, conmigo”, el ego… Vale. ¿Y el niño, señor/a profesional sanitario/a? ¿Se ha parado usted a pensar en el niño?

A pesar de que el Ministerio de Sanidad ya dejó muy claro que, incluso en UCIS pediátricas, los niños deben estar acompañados por sus padres, la restricción a este derecho es el pan nuestro de cada día en los hospitales (y centros de salud, aunque menos) de nuestro país.

Pero es que no hacía falta ni que el Ministerio de Sanidad se pronunciara al respecto (aunque gracias, majetes), ya que nuestra normativa estatal y autonómica tenía solucionado el problema mucho antes de que Ana Mato y el Consejo Interterritorial decidieran ser “caritativos” con padres e hijos hace unos dos años.

Todo este panorama no hace más que ratificar algo que yo me repito hasta la saciedad:

Y en esas estamos.

Otra buena historia que os contaré en otro post, trata precisamente de cómo una mamá y un papá muy empoderados y con una enorme conciencia social y solidaridad, pensaron en los siguientes niños que iban a padecer lo vivido por su hijo en un Hospital y decidieron que tenían que cambiar las cosas.

Y tú, ¿sientes que tienes que cambiar algo de tu hospital o centro de salud?

¿Has vivido algo similar? ¿Cómo reaccionaste?

Nos vemos por las redes. Un abrazo.

Lorena Moncholí Badillo

Abogada colegiada nº14084 ICAV.

Agente de Salud de Base Comunitaria certificada por Salud Pública de la Conselleria de Sanitat de la Comunidad Valenciana y la EVES.

Máster en Bioética, Deontología, Seguridad y Calidad en el ámbito Sanitario por ADEIT, Fundación Universidad-Empresa de la Universitat de València.

Imagen: Georges Chicotot (1868-1921). “Le tubage” (1904). Musée de l’Assistance Publique – Hôpitaux de Paris

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